MANIFIESTO: EL Realismo Sonoro Mágico
Crear es creer en lo humano. Crear hoy es un acto de resistencia. ¿Resistir a qué ? Resistir a la velocidad, a la superficialidad, a las modas que diluyen lo esencial. Crear es recuperar una mirada humana, profunda, capaz de escapar de la inmediatez que nos empobrece.
Compongo música desde la infancia, cuando crear no era más que un juego. Con los años, ese juego se convirtió en una búsqueda: un viaje sonoro que me llevó a desafiar las convenciones y a alejarme de los caminos establecidos. Compongo para revelar las potencialidades que vibran en el corazón de nuestras realidades.
Mi música nace de fricciones: entre lo urbano y lo ritual, la tecnología y lo orgánico, lo íntimo y lo colectivo, lo onírico y lo concreto. Explora las zonas donde los mundos se tocan, se deforman, se contaminan. Creo que la realidad no es algo fijo, sino mas bien algo que se reinventa a cada instante.
De niño, durante una misión humanitaria de mis padres en una favela peruana a las afueras de Lima, vi a un niño jugar en un desierto de arena y pobreza. No tenía nada: ni zapatos, ni casa sólida, ni agua, ni electricidad. Pero en su mano derecha, un ladrillo rojo se convertía en un bólido que atravesaba las dunas.
Lo sujetaba con fuerza, como si fuera un volante invisible. Su brazo dibujaba trayectorias rápidas, nerviosas, precisas. Su boca imitaba el rugido del motor: un zumbido frágil pero obstinado que cortaba el silencio ardiente de la arena. Estaba totalmente absorto: concentrado, serio, habitado por la velocidad que inventaba. En aquel paisaje árido, su respiración y el sonido que producía bastaban para hacer existir el coche.
Lo vi jugar, pero sobre todo lo vi transformar la realidad. Yo, que tenía coches en miniatura en casa, le pedí que me prestara su ladrillo. Él se aferró a él, como quien se aferra a la vida, fiel a su vehículo, y sobreprotegiéndolo, simplemente me invitó a encontrar mi propio ladrillo.
Mucho más tarde, recordando aquella experiencia, comprendí lo que ella había depositado en mí: la creación no es un lujo: es una fuerza vital, una manera de sobrevivir a la realidad reinventándola. Es por ello que me empeño en componer una música rica en imaginación y no una música pobre en necesidad. Porque la verdadera riqueza no es material, ella nace de la urgencia interior, de la transformación, de la capacidad de hacer surgir un mundo a partir de casi nada.
Esa es la energía que persigo en mi música. Compongo como jugaba aquel niño, transfigurando las materias brutas, revelando la poesía oculta en los objetos, los gestos, las voces, los espacios. La tecnología no es para mí una herramienta: es un cuerpo adicional, un actor dramatúrgico, un lugar donde el mito y la máquina se encuentran.
Nutrido por los relatos latinoamericanos: Vargas Llosa, Márquez, Cortázar, Carpentier, creo en un realismo sonoro mágico, donde lo cotidiano se vuelve mito, donde los sonidos ordinarios se abren en paisajes, donde escuchar se convierte en un acto de resistencia y de imaginación.
Cada obra es un ladrillo rojo: un fragmento de mundo que se metamorfosea, un objeto simple que se vuelve vehículo, trayectoria, relato. Compongo para crear lugares donde podamos habitar la realidad de otra manera, donde podamos soñar a pesar de todo, donde podamos atravesar fronteras visibles e invisibles. Quiero abrir la escucha a lo que no se ve, a lo que insiste por necesidad, a lo que busca nacer.
Mi música no es un objeto: es un pasaje. Un pasaje entre culturas, entre épocas, entre formas. Un pasaje hacia un imaginario común, donde la fragilidad se vuelve fuerza y donde cada sonido porta la posibilidad de un mundo nuevo.
Compongo para transformar la realidad en mito sonoro, y el mito en fuerza de vida.